Si cuando se hace algo malo, tengo el valor de señalarlo, cuando se
hace algo bueno, tengo el deber de hacer lo mismo. Soy un ciudadano
cabreado con una situación y lo señalo cuando puedo. Pero hoy no
soy un ciudadano cabreado. Soy un ciudadano orgulloso. Triste, dolido
y horrorizado, pero también orgulloso. Orgullo al ver la valentía
de una nación que se levanta y grita al odio: "no te tengo
miedo".
Un ciudadano orgulloso que ve como su compatriotas esgrimen la
solidaridad a la hora de enfrentarse a la violencia. No hay palabras
suficientes para decir el orgullo que siento por la respuesta de mi
gente, la gente de mi país, la que vive en Cataluña y la forma en
la que han afrontado lo ocurrido. No estoy a la altura de alabar su
valor y humanidad, pero quiero hacerlo, así que aquí dejo mi
humilde aportación.
Si en algo tengo experiencia, y aquí lo he demostrado, es en sacar
lo peor y lo más inpeto, a mi juicio al menos, de quienes creo que
obran mal. Pero no creo que hoy deba ser un día para llenar mi
palabra de ira y resentimiento, que sería lo fácil, y atacar a
quien ha provocado el desastre que ayer por la tarde dejaba sin
respiración a todo un país. No, no voy a hablar de esa escoria. Son
criminales, tienen las manos manchadas de sangre inocente, están
equivocados y no van a ganar. Poco más hay que decir. Sobre todo
hoy, pues sin olvidar a las victimas creo que debemos sentir el amor
de un país que ha dicho "basta" y ha sacado lo mejor de si
mismo.
Hemos demostrado que la amistad y el cariño lo puede todo. Puede al
anonimato, puede al odio, al miedo y al horror. Hemos visto como la
gente se ayudaba entre sí, sin conocerse. Hemos recordado que somos
una gran familia sin importar donde vivamos, donde hayamos nacido o
que lengua o costumbres tengamos. Somos uno y el mundo entero lo ha
visto.
Ante una atque que tenía la injusticia y la cobardía como
estandarte, los españoles, catalanes o no, han abierto las puertas
de sus casas y negocios a todo el que buscaba refugio, además de
abrirles las puertas de sus corazones. A los que han quedado
atascados en las carreteras, voluntarios les han lelvado comida, agua
y refrescos, sin pedir nada a cambio. Médicos y enfermeros que
estaban de vaciones se han acercado a hospitales a prestar ayuda,
traductores han prestado todo su apoyo para que las víctimas de
otras nacionalidades no se sintieran desorientadas y perdidas y
hombre y mujeres de todas las edades han ido a los hospitales a donar
sangre, hasta crear colas para donar de varios metros de longitud. Y
esos, sólo son algunos de los gestos de empatía y dignidad que han
nacido durante esta jornada de desastre.
Hoy es un día para llorar, sí, por un parte. Para llorar a las
víctimas, a sus familias y amigos. Para llorar a los que han
perecido por la demostración más grande de ignorancia que es el
terrorismo. Pero también es un día para sentir orgullo. Un día
para alegrarnos por pese a como está todo, ser tan humanos y tan
nobles de corazón. No es momento para flaquear, todos deberíamos
aportar cuanto podamos, mientras dure esta catastrofe, en la medida
que podamos, pero sin dejar de trabajar por y para los nuestros, es
decir aquellos afectado por el ataque, sin importar su nacionalidad o
cultura, podemos sentir amor en nuestros corazones y no miedo o ira.
Somos muy grandes, muy humanos en la mejor faceta que pueda implicar
dicho termino. Y lo hemos demostrado, hemos derrumbado fronteras y
barreras y hemos sido uno, una única familia, un único pueblo y nos
hemos dispensado una increíble cantidad de amor y consuelo como tal.
Y ese ha sido el mejor golpe que podíamos dispensar a esas rattas
huidizas que se dicen guerreros y héroes, cuando no son más que
carroña, tan sumida en la oscuridad de su propia ignorancia, que no
es capaz ni siquiera de entender la gravedad de sus equivocaciones y
la escasa vida que le queda a su causa.
Os hemos ganado y no os tenemos ni os tendremos nunca miedo.
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